miércoles, 20 de octubre de 2010

Fitoterapia

Antaño, todo el mundo creía a pie juntillas, en las virtudes terapéuticas de las plantas medicinales. Se atribuía a los simples el poder de curar las enfermedades más graves y de naturaleza más diversa, en los hombres y animales.
    Hogaño, debido al cientificismo y a la técnica depurada, se desprecia, con un encogerse de hombros y una sonrisa burlona, a los empíricos.
    Los "sabios" miran desde arriba a quienes, según ellos, no han evolu­cionado y todavía viven en "las tinieblas del medioevo", en las cuales proliferan las brujas, curanderas y manosantas que mantienen "relaciones directas" con Satanás, Lucifer y otros príncipes del ocultamiento trashumante.
    No ignoramos que, para justificar este menosprecio, citan conquistas de la química y la bacteriología moderna. Olvidando, desde luego, que la penicilina es un hongo, la rauwolfia también es un vegetal y las vitaminas y minerales son también substancias provenientes de plantas y que son éstas los tres principales pilares de la medicina del siglo XX.
    Nos atrae y encandila la idea de sustituir un puñado de hierbas o "yuyitos" por uno de “sus principios activos inmediatos, con una actividad formidable, a pesar de su dosis tan pequeña, de efecto constante, por su dosificación precisa e invariable, de fácil administración y división en diferentes dosis”.
     Si esto fuera así, los vegetales o hierbas medicinales, no tendrían nada que hacer en la lucha contra la enfermedad.
    Pero, desgraciadamente, para los enemigos de la herboristería tradicional, la experiencia ha demostrado, en forma irrefutable que no es posible atribuir, a uno de los componentes de la planta, a uno de sus principios activos, aislados en el laboratorio, por activo que sea, las mismas propiedades terapéuticas que al vegetal entero, del cual procede. La quinina no representa a la quina. La morfina no representa al opio. La papaverina no representa a la adormidera. Ni la atropina a la belladona, ni la digitalina a la digital y así sucesivamente.
    Existen dos extremos perniciosos, como en todo extremismo:
    La creduli­dad ciega, de los antiguos, cuya fe los hacía caer en prejuicios, que los conducía al fanatismo, atribuyendo propiedades milagrosas a los vegetales más inofen­sivos.  
    Y la incredulidad y el desdén sistemáticos de los modernos que pretenden privar a la humanidad de las virtudes medicinales, de las plantas en general,  sin considerar que estas deben ser  manejadas sin fanatismos y antes bien, con prudencia, buen criterio y con la guía del médico como lo aconsejamos. Y sobre todo cuando se trata de ciertas personas, que para darse importancia rechazan todo lo nativo, aceptando y recomendando lo foráneo, de esos que porque unas plantas hayan crecido en los Alpes, los Apeninos o el Himalaya, creen que son más eficaces que las que crecen en nuestros Andes, o selvas subtropicales y tropicales.

Texto extraído del libro "La vuelta a los vegetales" del Dr. Carlos Hugo Burgstaller Chiriani.

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